viernes, 7 de octubre de 2016

Sobre el gusto por lo desconocido y el gusto por el conocimiento


Este insuficiente monólogo fue escrito después de oír una conversación que tenían dos mujeres en la fila del banco (Una de las dos sostenía en brazos a un pequeño que emanaba un olor pestilente, evidencia irrefutable de que necesitaba un urgente cambio de pañal).

El gusto por lo desconocido suele empujarnos al conocimiento, sin embargo y a pesar de que esto nos puede confundir haciéndonos creer que son lo mismo, voy a intentar exponer sus diferencias.

En las personas que gustan de lo desconocido el placer se genera saliendo a la búsqueda de cosas nuevas y se agota cuando las descubren, precisamente porque pierde su carácter de desconocido; es propio de temerarios y aventureros que suelen tener vidas solazadas y poco predecibles. Por el contrario el gusto por el conocimiento está vinculado con la razón y por tanto, en el más extremo de los casos, se necesita valentía para obtenerlo y jamás temeridad, aunque en la mayoría de los casos solo es necesario poseer disciplina, constancia y memoria.

La diferencia radica en cuan profundamente quieren conocer algo los amantes de lo desconocido y los amantes del conocimiento. A los primeros suele alcanzarle con reconocer algo mediante el uso de sus sentidos, a los segundos el reconocer algo mediante el tacto, la vista, el oído, el sabor o el olfato es solo el punto de partida para circunspectos estudios.  Mientras los amantes de lo desconocido viajan por primera vez a un país y diez minutos después de salir del aeropuerto afirman conocerlo, los amantes del conocimiento pueden pasarse la vida en ese país deambulando por sus bibliotecas, realizando mapas, entrevistando paisanos, investigando su historia y con gran cuidado se animan a declarar que conocen moderadamente esa nación. 

Si la diversión consiste en la variedad, fácilmente podemos admitir a los amantes de lo desconocido como personas más divertidas que los amantes del conocimiento. También suelen tener los amantes de lo desconocido vidas más intensas en lo que a sentimientos refiere. Recuerdo que cuando era adolescente, como casi todos los jóvenes, amante de lo desconocido, solía enamorarme en cada esquina y no pensaba ni un segundo antes de comenzar una relación amorosa, sin embargo ahora, cuando me enamoro de una mujer evalúo si es conveniente, si puede llegar a funcionar, si me va a robar demasiadas horas de estudio y mientras yo hago mis tabulaciones, la mujer ya está haciendo un safari en Kenia con un amante de lo desconocido.

La muerte representa para el amante de lo desconocido un reto más, por el contrario para los amantes del conocimiento, a sabiendas de que la muerte no es más que la extinción del proceso homeostático, se trata de una pésima noticia y es de temer. (A menos sea un amante del conocimiento de la metafísica medieval o de teología. Combinación que en estos tiempos inscribe casi como una excentricidad).

Volviendo a las dos mujeres que inspiraron este monólogo le comento, querido lector, que una de ellas refiriéndose a su hijo de no más de tres años le decía a la otra: El niño es muy inquieto y curioso, donde ve algo desconocido, se acerca y lo toca, lo examina. Y su interlocutora respondió: Va a ser muy culto, ese gusto por lo desconocido es la razón por la que Einstein fue el más grande físico. 
Tal vez por llevar dentro de mí a una vieja chismosa reprimida, oí la conversación pero no dije todo esto que pensaba. Seguramente tampoco les hubiese importado mi poco contundente análisis. Pero lo más probable es que solo escribí esto porque siendo yo demasiado cobarde para arrojarme a lo desconocido y demasiado perezoso para salir a la búsqueda del conocimiento. Me sentí celoso por ver al más grande físico del futuro, rebosante de juventud y despreocupado de todo, inclusive del control de su esfínter.