viernes, 4 de septiembre de 2015

Sobre el sentido de la ubicación

Y con esto no me refiero a una ubicación geográfica. Hablaré del sentido de la ubicación en el plano de las convenciones sociales (y no piensen en la palabra plano como una representación esquemática, en dos dimensiones y a determinada escala, de un terreno o una población, sino más bien como la otra cara de una hoja, con lo cual hago una analogía para referirme a la otra acepción de la frase ¿Me explico?).

Me resulta increíblemente llamativo que la transgresión de toda convención social sea festejada. Y si bien considero que algunas costumbres dejan de ser efectivas por los cambios generacionales, como por ejemplo, desearle mucha mierda a un artista, considerando que antes de la aparición del automóvil la gente acudía a los teatros en carretas tiradas por caballos, razón por la cual una acumulación extraordinaria de heces representaría gran asistencia; por lo cual, a partir del desuso de los vehículos tracción a sangre, desearle mucha mierda a un artista deja de ser sinónimo de concurrencia para ser sinónimo de constipación. Sin embargo existen otras convenciones sociales que funcionan mejor tal cual las conocemos. Y esta no es una opinión impulsada por un espíritu conservador sino, más bien, por la efectividad que supone seguir en la misma senda, al menos respecto a estos ejemplos que planteo a continuación.

No toda transgresión es sinónimo de superación…

Pocos sonidos hay tan repulsivos como los generados por los comensales deglutiendo sus alimentos, y dentro de todos los alimentos que existen pocos hay tan sonoros como el pururú, pochoclo, popcorn o como sea que le llame usted al maíz tostado. Esto lo sabe cualquier persona que esté en sus cabales. Aun así el ansia de transgresión hizo que no solo en el cine, sino también en algunos teatros, permitan que alguien que está sentado a no más de 30 centímetros de distancia y con su mandíbula a no más de 20 centímetros de nuestra oreja, pueda generar un concierto paralelo al que se está dando sobre el escenario. ¿Acaso soy el único que padece al ver a una familia entera aproximarse con baldes rebasados de este hosco, disonante e inarmónico alimento?
Como si esto no fuese suficiente, las viejas de las primeras filas no se privan de hacer sus desatinados comentarios estéticos y artísticos y, al finalizar la obra, la gente aplaude, grita, silba, hace genuflexiones indescifrables y se expresa con la ferocidad de una barrabrava. A esta altura, el director mira al público con cierta desconfianza e invita a los músicos a abandonar el escenario de inmediato. Estos comportamientos hacen que se pierda la eficacia del objeto principal que era escuchar los diálogos de la película y no la deglución de alimentos y asistir a un concierto y no a una clase abierta de crítica del arte. Ese sentido de la ubicación sirve para que nos comportemos con mesura en el teatro y alentemos con ferocidad en un partido de fútbol. Los argentinos somos un ejemplo viviente, reconocido a nivel mundial, sobre exaltación como público, y hemos comprobado que es favorable esta excitación en la cancha de fútbol y no sería aceptable que una hinchada cante en un mezzo forte:

Lo que importa es la belleza,
Belleza que este equipo
Imparte con grandeza.

Las hinchadas componen versos que advierten a sus jugadores que si no ganan no sale nadie con vida del estadio, y que la hinchada del equipo contrario tiene comportamientos similares a los de las fuerzas policiacas y las rameras, y evaluando las declaraciones de los mismos jugadores parece ser que estas canciones son efectivas y colaboran al buen desempeño del equipo que es alentado con estas músicas. Razón por la cual también conviene el sentido de la ubicación aún en situaciones sumamente groseras mientras sean propicias para el buen desempeño deportivo.

En lo que respecta al arte de la seducción, no resulta conveniente entablar conversaciones demasiado complejas en primera instancia ni hacer una enumeración de las virtudes que según nosotros poseemos. Tengo un amigo que espantó a más de un centenar de mujeres explicando el concepto del primer motor inmóvil y sigue preguntándose cómo puede ser que las jóvenes féminas que asisten a los bares no sientan interés por la explicación aristotélica del origen del universo. Tras comprobar la ineficacia de esta fórmula de seducción apostó por el extremo opuesto y durante el cursado de algunas materias de Letras Clásicas infirió a algunas estudiantes unas rimas que por pícaras y livianas pecaban de obscenas y aunque él se defendía alegando que se trataba de textos priapeos, el único contacto físico que logró fue recibir cachetadas, y el único intercambio de fluidos se dio cuando la saliva de la belicosa y robusta Marta impactó su frente y se alojó parcialmente en los lagrimales de este desventurado seductor. Una vez más usemos el sentido de la ubicación y comencemos el diálogo con la clásica: “¿venís seguido a este bar?”.

Por último, y casi como si se tratase de una denuncia, me pregunto: “¿por qué los japoneses se ríen siempre?” Es inquietante toparse con gente que siempre está de buen humor. Me parece que sería muy apropiado cantarles algunas malas noticias al oído para que se ubiquen. Expongo a continuación algunos ejemplos comprobadamente efectivos: usted es mortal, es potencialmente probable que algún día le duela la muela, las mujeres lindas envejecen y las feas también (lo que se torna insoportable) y muchas otras cosas por el estilo que no puedo enumerar dada la brevedad de este ensayo. En mi experiencia, he encontrado orientales riéndose inclusive en Pompeya, sacándose fotos posando con el dedo índice y el mayor erguidos y el pulgar sobre el anular y el meñique, lo que indica que todos los japoneses, encima de ser desubicados, son peronistas.