viernes, 21 de agosto de 2015

A falta de bienvenida, buenas son las excusas...

Ya que suelo sentirme incómodo con el protocolo, pasaré por alto la bienvenida para llegar directamente al discúlpeme. Excusarse en primera instancia es propio de los cobardes, y siendo yo una persona que no posee valor para afrontar peligros de ningún tipo y evade situaciones arriesgadas con actitud pusilánime, (o sea un cobarde) me veo obligado a empezar así, y a esto lo digo sin ánimos de ofender a los cobardes de mi barrio, quienes espero tengan el decoro de seguir siendo amables y no arremetan contra mi creyendo que expongo su proceder o los estoy ofendiendo de algún modo.     

Así como el antiguo filósofo escucha una voz que lo guía, intuyendo que se trata de una deidad,  el loro, sin ser asistido por ninguna musa, repite fonemas y palabras que llegan de más allá de los límites de su plumífero ser. El filósofo desarrolla un método, define que es belleza, y sus ideas contribuyen a la fundación de occidente; el loro, vocifera groserías a las viejas que pasan, pero ambos tienen algo en común: Dicen no ser del todo propietarios de sus declaraciones, y ciertamente no lo son, ¿Cómo podríamos explicar la envergadura de Sócrates sin esa voz guía?  Más aún, ¿Cómo podríamos explicar que una cotorra cante los primeros versos de Mi Buenos Aires querido?  

Y así, como escribió el filósofo (y con esto me refiero a Platón, no a Sócrates que si bien fue quien desarrolló el método, el pobre viejo era analfabeto y no sabía escribir ni su nombre) sus diálogos fundamentales, severos, auténticos, geniales, nobles, puros, infinitos, resultado irrevocable de la proximidad de la deidad, evidenciando la superioridad de su mente en cada párrafo, así, con la astucia propia de los seres más altos, de los Übermensch, así, con la fortaleza típica de los soldados del saber, así... así no me tocó escribir a mí. A mí me tocó una mente más bien similar a la del loro, de hecho canto bastante afinado Mi Buenos Aires querido. 
Como al loro, ocasionalmente, llegan a mi mente voces lejanas que me susurran cosas que me gustan y me tiento de escribirlas, pero luego recuerdo que la frase Sólo sé que no sé nada, no es mía y la leí en algún libro, aunque no recuerdo de quién (Seguro que de Socrates no)

Con loruna astucia me dispongo a escribir ideas ajenas que me suenan propias solamente por ser poseedor de una memoria endeble y esas voces que me asisten no son musas, ni señores entusiastas de la música de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, esas voces vienen de viejas lecturas, de viejas charlas con amigos, de viejas películas y de viejas borrachas que alguna vez también compartieron sus saberes. En definitiva, voy a hacer lo mismo que hacen aquellos que escriben libros con recomendaciones para los amantes sin saber que el señor Ovidio ya escribió eso hace poco más de dos milenios, así, con esa temeridad me arrojo a publicar mis ideas, que no son mías y son más bien monólogos de loro.