viernes, 23 de septiembre de 2016

Sobre la primavera


De todas las celebraciones, fiestas y conmemoraciones que he conocido, tanto populares y privadas como religiosas y paganas, ninguna me resulta más digna de ser festejada que la llegada de la primavera. Como fiel devoto de la primavera no me voy a privar de anunciar las razones de mi fervor.   

A diferencia de otras festividades de las que nos anoticiamos mediante el calendario, el advenimiento de la primavera comienza a anunciarse en nuestro cuerpo, es la única fiesta a la que no estamos invitados; estamos obligados. Los festejos del día de la primavera son festejos de realidad ontológica, y exceden el credo o religión de un hemisferio.

¿Qué otra celebración es más digna de festejos que aquella que surge desde nuestras entrañas sin siquiera nuestro consentimiento y que nos invita al amor? ¿Qué sentimiento es más digno que la felicidad, y más aquella de la que desconocemos su origen? 

La primavera ama a los jóvenes y los jóvenes aman a la primavera, y estos, conducidos por la pulsión primaveral jamás dejarán de rendirle culto. Los artistas tampoco se resistieron a sus encantos e intentaron enaltecerla: Vivaldi, Botticelli, Bouguereau, Millet, Monet, Machado, Lorca, Rodin y entre todos ellos quiero recordar especialmente a Pierre Aguste Cot que en el año 1873 pintó un óleo sobre lienzo titulado Primavera, que es tal vez la más conmovedora representación de la estación que contemplé en mi vida. En esta obra se logra captar la serenidad que hay en la potencia, y esto es tan primaveral. Los dos jóvenes hermosos que podrían ser amantes, están columpiándose y de su romance nada sabremos, tendremos que imaginarlo, solo sabemos de su ánimo lúdico, de la belleza que hay en la inocencia, de la liviandad de sus cuerpos. Él es fuerte, lo sabemos por la firmeza con que sujeta la hamaca, no necesita esforzarse para sostenerla a ella que cuelga de sus hombros. Ella parece mirarlo, sin embargo, si nos aproximamos y observamos sus ojos, notaremos que su mirada parece perdida y así podemos recordar aquello que dijo Albert Einstein

La belleza no mira, sólo es mirada.

Quisiera seguir ahondando en los muchos detalles de esta obra, en sus muchos encantos y aciertos, pero por ser este blog gustoso de lo breve, me limitaré a decir gracias Pierre Aguste Cot, y que viva el amor, que viva la abundancia, que vivan los jóvenes, que viva la belleza, y que viva la primavera que se parece tanto a los anteriores.


viernes, 16 de septiembre de 2016

Sobre la timidez


Los tímidos incomodamos, y aunque opuestos a los charlatanes, a veces los imitamos para rescatar al interlocutor de nuestro silencio.   

Dice Borges en su conferencia sobre la ceguera: 

Entonces creía que la timidez era muy importante y ahora sé que la timidez es uno de los males que uno tiene que tratar de sobrellevar.

Alguna vez imaginé que nadie está más condenado a cumplir su destino que nosotros,  los tímidos. Si el destino es una saeta, los tímidos, viajamos sujetados a ella recorriendo el espacio y el tiempo, viendo en nuestro camino a hermosas mujeres a las que jamás les declararemos nuestro amor, siendo testigos de injusticias que jamás denunciaremos y considerando que la timidez es sinónimo de mesura solamente para poder sobrellevar esta condición con prudencia y resignación. 

La única solución que encontré fue montar este personaje que es quien escribe, responde entrevistas y declara amor a la mujer que ama, sin embargo, aun en lo más profundo de mi ser sé que aguarda un perfecto timorato que cedió el control al extrovertido que llenó de palabrerío mis silencios, y de gesticulaciones vulgares a mi rostro que antes era gobernado por mi esquiva mirada.

El tímido es un cobarde de bajo rango, y para él solo hay una situación más difícil de enfrentar que la declaración amorosa y es la de la ruptura con una pareja. Recuerdo la temblorosa entonación con la que le dije una vez a mi ex novia: ¿Qué te parece si nos dejamos? A lo que ella respondió: No. Y yo dije: Estoy de acuerdo. Y así fue como cinco años más tarde logramos terminar con esa tóxica relación cuando ella me dijo: No te aguanto más, me voy con otro, imbécil. A lo que yo respondí: Estoy de acuerdo.

Ni hablar de los exámenes orales, en los que casi no podía pronunciar palabras y algunos maliciosos profesores me obligaban a dirigir mi examen a todos mis compañeros que se regodeaban con mis susurros. A veces, la situación se tornaba tan incómoda y extravagante, como aquella vez en que la profesora de historia me preguntó mil cuatrocientos noventa y dos veces cuando había llegado Colón a América y yo no lo sabía, así que dije: No sé. Pero ella insistió: Usted si lo sabe. Y yo que siendo un tímido nivel diez jamás osaría contradecirla en público, le dije: Si, lo sé. Entonces ella replicó: y entonces ¿Cuándo llegó Colón a América? A lo que yo respondí: no lo sé. Entonces ella con un intimidante tono dijo: ¡Usted si lo sabe! Y yo le respondí: Estoy de acuerdo, si lo sé. Pero lamentablemente no lo sabía y entonces ella pronunció un montón de apelativos que lejos de definir mi timidez, tampoco eran dignos de tan instruida maestra. 

Afortunadamente, casi siempre los tímidos cumplen con su destino anónimo y desapercibido, porque de ser presidente un tímido, sus discursos se limitarían al encogimiento de hombros. De ser cura jamás se atrevería a preguntarles a los novios si aceptan casarse. Yo creo que mi psicoanalista era tímida porque mientras yo hablaba, ella solo hacía gestos y jamás pronunció una sola palabra, (es más, como en las primeras sesiones ninguno de los dos pronunciamos palabra alguna, llegué a pensar que yo también era psicoanalista) sin embargo su sabiduría gestual me permitió entender que yo debía darle paso al decidido que hoy escribe esto, mientras que yo, el tímido original sigo escondido en las profundidades de mi ser en absoluto silencio. Quienes saben de lengua y literatura hubiesen agradecido que jamás escribiese nada, y es lamentable, querido lector, que le advierta de esto justo al final del texto, pero la verdad es que los hombres decididos nos lanzamos al mundo sin advertirle nada a nadie.           


viernes, 9 de septiembre de 2016

Sobre los premios



Remota es la práctica de medirse unos con otros. La guerra es el ejemplo más axiomático; de hecho la palabra Campeón, según el diccionario etimológico de Joan Corominas, deviene del latín campus, que se aplicaba especialmente al campo de Marte donde se instruía a los soldados germánicos del ejército romano. Los antiguos conflictos bélicos, desprovistos de mayores leyes de guerra y burocracias,  consistían en la imposición de fuerza generada por uno de los bandos sobre el otro y así era muy fácil reconocer al ganador, que a veces en una sola jornada de combate se imponía definitivamente, lo mismo sucedía en los juegos gladiatorios cuando uno de los contrincantes moría. El campeón era fácilmente reconocible y no necesitaba de la intervención de ningún juez o panel de evaluadores. A imagen y semejanza se crea el premio, que es una recompensa, galardón, o remuneración. Etimológicamente, la palabra premio,  del latín praemium, con la raíz prae que indica antes, y em que indica tomar o coger, probaría que premio es la acción de tomar antes que los demás, y esto, además de manifestar antelación, a su vez genera idea de superioridad. Fácilmente podemos imaginar esas carreras en las que en la llegada los participantes deben tomar un banderín o algún otro objeto y nuevamente es indiscutible quien es el ganador y son prescindibles los jueces.

Alguna vez un gaucho me habló de la ausencia de reglas en las cuadreras, que son carreras en las que dos o más jinetes corren no más de ciento cincuenta metros, muy difundidas entre los paisanos argentinos en los tiempos de la colonia. El premio, según las declaraciones de este gaucho, era para el que cruzase primero la meta, sin importar como, inclusive si para lograrlo hubiese cometido alguna fechoría contra otro participante. (Resistiremos la tentación de; con postura calvinista, preguntarnos qué plan divino hay detrás de esta práctica gauchesca en la que el más desvergonzado y malicioso tiene más posibilidades de obtener el premio) 

Tal vez en otra clase de competencias en las que se establecieron más reglas, se hicieron necesarios los jueces para evitar los triunfos edificados en la trampa. Sin embargo este monólogo tiene la intención de menospreciar la labor de los jueces y dejar expuesta la ineficacia de la mayoría de sus sentencias. Veamos:

Imaginemos un caso hipotético en el que se decide dar un premio al constructor de sillas más cómodas del país.  Para elegir al ganador, la comisión organizadora, cita a todos los ciudadanos del mundo a sentarse en todas las sillas construidas en el país  y votan. No demoran en surgir conflictos entre los que se enumeran sobornos otorgados por constructores a algunos votantes, dificultad para interpretar votaciones en jerga de los electores escandinavos, madres que exigen permiso para hacer votar a niños que aun no hablan, trabajadores que no consiguen que les otorguen el día libre para viajar hasta este remoto y austral país y otros muchos conflictos más, imposibles de citar todos, por el aburrimiento que supondría anoticiar tantas y diversas circunstancias.  Entonces, la comisión organizadora decide olvidar las votaciones y se dispone a seleccionar a un grupo reducido de personas para que tomen la decisión, a la que por comodidad llamarán jurado.

El primer conflicto  al que  se enfrenta ahora la comisión es elegir a los jueces apropiados para hacer una pre selección de sillas, considerando que en esta pre selección, los jueces, no podrán sentarse en todas las sillas por el tremendo esfuerzo que esto significaría y más considerando lo perezosos que suelen ser los aficionados a la comodidad. De manera tal que los jueces serán, además de sensibles expertos en el arte de la comodidad, constructores de sillas y valiéndose de sus conocimientos en la construcción de sillas podrán pre seleccionar sin sentarse necesariamente en todas las sillas construidas en el país. Con esto, solo se dio el primer paso, ahora, la comisión se percata de que los jueces tienen que tener conocimientos más vastos que todos los participantes, porque de no ser así, si uno de los participantes es más docto y complejo que los jueces, puede ser incomprendida su obra y siquiera ser convocado en la pre selección. Hasta aquí, siguiendo este mecanismo de evaluación, los jueces deberían ser constructores de sillas, sensibles expertos en el arte de la comodidad y además ser más instruidos en ambas materias que todos los participantes para no cometer errores. El punto es que si los mejores constructores de sillas deben ser los jueces, qué sentido tiene salir en busca de los mejores constructores de sillas para premiarlos; en ese caso ya sabríamos quienes serían los mejores: Los jueces. La pregunta obligada es si la comisión organizadora está en condiciones de seleccionar a los jueces.

En definitiva, los premios otorgados a ganadores que saben de su triunfo solo después de escuchar el veredicto de los jueces son tan, si me permite el eufemismo, controversiales,  que le quitan gracia al hecho de recibir uno. Ni hablar de Las categorías de premios entre las que surgen algunas que resultan humillantes como los premios a la participación.  Me pregunto qué malicioso ser habrá inventado el premio consuelo, que es prueba inequívoca de que quien lo acarrea es un perdedor. 

Son tan extrañas las decisiones de los jueces para seleccionar a los premiados, que algún día podría ganar el Nobel de la paz un presidente y comandante en jefe de las fuerzas armadas de su nación, inclusive participando en dos guerras al momento de la entrega del premio. 

Algunos solo compiten, aun a sabiendas de que no son dignos del premio, solo porque este consta de una tentadora suma de dinero y conscientes de que los jueces se equivocan, esperan que la fortuna les sonría. A propósito de esto recuerdo la anécdota que cuenta Heródoto del rey persa que al preguntar dónde estaban los griegos, le dijeron: En los juegos olímpicos. Entonces el rey vuelve a indagar y pregunta cuál era el premio para el ganador, y la respuesta fue: Una rama de olivos, entonces, un general persa exclamó  ¿Qué tipo de gente son éstos contra los que nos has traído a luchar? ¡No compiten por riquezas sino por honor!

El sensato Emile Cioran dejó de aceptar premios aun confesando que necesitaba el dinero. Yo por el contrario informo que si cualquier comisión de cualquier rubro decide premiarme por cualquier cosa, no interprete este texto como una negativa y sepa de antemano que gustosamente recibiré cualquier tipo de premio brindando un discurso de agradecimiento con lágrimas en los ojos. Porque recibir premios va en contra de mis ideales, pero mis ideales valen menos que cualquier premio. 



viernes, 2 de septiembre de 2016

Sobre la fama


La palabra fama está etimológicamente vinculada con los términos rumor, voz pública, opinión pública y en el diccionario de la real academia española se define como la opinión que la gente tiene de alguien o de algo, o Noticia extendida acerca de algo.  

En primer lugar, debemos considerar que fama no es sinónimo de bueno, ni siquiera de extraordinario, y de  volverse  famoso  algo o alguien  extraordinario y bueno, es más por casualidad que por tratarse de un juicio sensato de la opinión pública; de quien sabemos que no goza de mayores sensateces, ya sea por su desatino habitual, ya sea porque el malo corriente no puede reconocer al bueno extraordinario, a menos que esta última razón sea también razón de la anterior.

Sin embargo hubo un tiempo en el que se consideraba a la fama como la consecuencia justa, obvia y esperable de las más dignas proezas. Tetis le anuncia a su hijo Aquiles que si se suma a la expedición troyana su vida será corta pero su fama perdurará, mientras que, si decide quedarse, vivirá largos años, pero sin fama ni honores. Entonces Aquiles marcha a concretar destino de héroe. Así también Antonio Bravo García y Pedro Gonzalo Abascal en su libro Héroes y santos en la literatura anglosajona, nos recuerdan:

El deseo de fama o gloria terrena es parte esencial de la caracterización de los protagonistas de la épica anglosajona.

Y si bien lo que mueve al héroe a realizar sus proezas es su profundo sentido de la justicia; la fama y el reconocimiento son bienvenidos. En tal caso el lector decidirá si esa fama es bienvenida por el héroe por simple vanidad o con la intención de que sus hazañas se conozcan por todos los hombres para inspirar a muchos y que sus gestas logren insuflar a otras venideras.

Si bien fama, virtud y éxito nunca fueron sinónimos, parece ser, que en nuestro tiempo están más enemistadas que nunca. Las leyes de mercadotecnia y las morbosas manipulaciones de la información han atentado contra el prototipo clásico de héroe, que para alcanzar tal rango sacrifica su propio bienestar. El héroe contemporáneo no sufre, no se cansa, no se sacrifica, de hecho no es casual que en estos tiempos nazca el antihéroe, que es un héroe devenido en persona corriente, o peor aún, una persona corriente a la que se la toma por héroe. Esta degradación de las más altas virtudes en los más bajos y corrientes vicios pretende dignificar al hombre vulgar y nos quiere convencer de que el señor que maneja el autobús es un héroe porque lleva y trae con vida a todos sus pasajeros y les permite ir a trabajar; y si bien es noble que un hombre trabaje y además que su trabajo favorezca a otros, es importante saber que esto no lo convierte en héroe. Para comenzar los héroes no cobran por sus trabajos y por supuesto sus hazañas son tal cosa; se someten a empresas peligrosas y de grandes magnitudes. Sin embargo tal como se denuncia en este párrafo, las leyes de mercado, la manipulación de información, y otros comportamientos deleznables análogos han permitido que desde la comodidad de sus hogares algunos ganen fama por “ser” algo que no son. (en este punto resistiré a la tentación de citar a "músicos", "pintores", "actores", "pacifistas", "atletas", científicos",  "santos" y otros, que como las comillas sugieren no son aquello por lo que se los conoce) 

Si el rapto de Helena se hubiese producido en el siglo XXI Tetis le recomendaría a su hijo Aquiles que no vaya a Troya a pelear hasta morir, que se quede en casa y que con una buena campaña publicitaria alcanzaría igualmente fama de héroe.     


viernes, 26 de agosto de 2016

Sobre la práctica de hablar mal a espaldas de alguien


Se estimulan mucho dos interlocutores cuando hablan mal de un tercero ausente. Esta actividad tan difundida y practicada podría remontarse a los orígenes de la comunicación. Es fácil imaginarse a dos féminas prehistóricas hablando del feo cabello de otra, o  al másculo bromeando acerca del diminuto pene del líder.

Algunas personas, especialmente los raperos denuncian, en sus letras ser blancos de difamaciones de este tipo y de algún modo se regodean diciendo cosas como: Se que hablan de mi, o, Mientras ustedes me critican yo sigo mi camino; simplemente porque la vanidad les hace creer que los tenemos en cuenta, que los odiamos, posiblemente por envidia, cuando en realidad, todos sabemos que es mucho más estimulante hablar mal del nuevo novio de una amiga. En definitiva aprovechamos para enviarle este mensaje a los raperos que sospechan de nuestra cizaña para decirles que no los odiamos, no los envidiamos y no hablamos mal de ellos, porque siquiera los recordamos. Lamentablemente no podemos decir lo mismo del nuevo novio de nuestra amiga.

En Argentina esta práctica es conocida como Sacar el cuero, que sería despellejar. Para que prospere como actividad es necesario ajustarse a algunas reglas que expongo a continuación:

-Se necesitan dos o más interlocutores de cualquier sexo, sabiendo que cuando son del mismo se suele generar más complicidad y prospera más y mejor la cizaña. No se recomiendan más de cinco.

-Se dialogará sobre una persona o más, siempre que estén ausentes; ya sea de una debilidad particular o de toda su persona en general.

-Para que la jornada difamatoria sea más extensa se recomienda que los interlocutores estén cómodamente sentados. Pueden beber mate, té, café o cualquier otra infusión acompañada de cualquier producto de panadería. No se recomienda consumir bebidas espirituosas, ya que fácilmente se pueden distraer los interlocutores. 

-Jamás debemos acudir a la razón, sin embargo debemos estar convencidos de que estamos siendo perfectamente razonables.

-Cada interlocutor debe ser cuidadoso con los aspectos que critica del ausente, porque si alguna de las características criticadas es también poseída por otro de los interlocutores presentes, se corre riesgo de que se termine la jornada de difamación o que se genere una fisura en el discurso por el que se filtre la razón y se pierda fuerza en el ataque y como consecuencia de esto, decaiga el estimulo.

-No se debe tener escrúpulo y las críticas deben ser tan crueles y desmesuradas como la moral de los interlocutores lo permita.

-No se debe excusar al atacado a menos que la excusa planteada se sepa ineficaz desde antes de plantearla, solo para demostrar inmediatamente la inconsistencia de la misma y así multiplicar la fuerza discursiva diciendo frases como: ¡Ves, para que intentamos excusarlo si es indefendible!

-Si desgraciadamente llega a la reunión, la persona a la que se le está sacando el cuero, no todo está perdido. Todos los interlocutores lo tratarán amablemente, se le harán preguntas capciosas y mientras pronuncie las respuestas los difamadores se comunicarán con disimulados y burlistas gestos que el difamado no debe ver. (Este modo no es recomendado para todos. Solo prospera cuando los interlocutores son muy doctos en la cizaña)

- La jornada concluirá cuando ya no sea estimulante. Descubrirán fácilmente cuando es el momento propicio para finalizar el diálogo. Comúnmente se deja de hablar mal del ausente y algún interlocutor comienza a hacer preguntas personales de las que no le interesa oír la respuesta, y al que responde no le interesa responder, como por ejemplo: ¿Y cómo está de salud la vecina de tu mamá?

- Una vez concluida la jornada, los interlocutores deben creer que se trató de una reunión de amigos y jamás deben considerar que solo los convoca el gusto y placer de hablar mal de personas ausentes.  

*Algunos experimentados especialistas en la materia, a sabiendas del gran estimulo que produce la malicia, optan por ir más allá y practican la cizaña en familia, difamando a tíos, primos, concuñados, inclusive a hermanos e hijos. 


sábado, 20 de agosto de 2016

Sobre el fracaso



En esta ocasión voy a escribir sobre uno de los pocos temas en los que me considero muy experimentado. Se trata de una situación a la que me someto puntualmente todos los días: El fracaso.

Yo soy un campeón del fracaso, y créame que no es vanidad, es fácilmente comprobable que soy muy efectivo a la hora de fracasar; y no  se sienta menos querido lector, le voy a demostrar que usted es tan virtuoso en el arte del fracaso como yo.

Así como las personas bellas, el éxito es menos frecuente. De cada veinte personas que vemos, con suerte, una o dos serán lindas. Sin embargo, si nosotros estamos entre las veinte personas observadas muy pocos asumiremos ser los feos del grupo y de este modo habrá una incongruencia entre la realidad y nuestras declaraciones. Esa vanidad que nos puede hacer creer ser más bellos de lo que realmente somos, a menudo nos hace creer que somos menos fracasados de lo que realmente somos. Es más, le aseguro que aun siendo usted una persona horrible, es más fracasada que fea y esto se debe a que todos los días tomamos decisiones y muchas de estas no son las que conducen al éxito. Son más las pelotas que pasan cerca del arco que las que entran; son más las entrevistas de trabajo realizadas que los trabajos obtenidos, y así podemos continuar con una larga lista (no se sienta excluido por no hacer deportes o ser hijo de la realeza).     

Aun así debemos admitir que si fuésemos perfectamente fracasados, seríamos exitosos en el arte de fracasar. Una opción es sumarnos a las largas filas de entusiastas optimistas del fracaso como Charles Dickens que dijo más o menos: 

 Cada fracaso enseña al hombre algo que necesitaba aprender. 

Para la Real academia española, la palabra fracaso indica:

1. m. Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio.
2. m. Suceso lastimoso, inopinado y funesto.
3. m. Caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento.
4. m. En medicina. Disfunción brusca de un órgano.

Para el imaginario popular:

ÉXITO = FELICIDAD
FRACASO = DESDICHA

Con desgarradora maestría Cátulo Castillo compone la letra del tango Desencuentro en la que se enumeran una serie de trágicos fracasos, dejando para la última estrofa lo siguiente:

Por eso en tu total
fracaso de vivir,
ni el tiro del final
te va a salir.

De este modo queda el fracasado como un infeliz que siquiera puede decidir cuando sucederá su muerte, condenado a vivir su fracasada vida. 

Sin embargo y a pesar de que fácilmente podemos asociar, el éxito a la felicidad y la desdicha al fracaso, no debemos suponer que siempre es así. 
Imaginemos la siguiente situación: Un hombre que planea y decide su suicidio, segundos antes de concretar su plan, es sorprendido por una desconocida con la que vivirá un encuentro amoroso que lo llenará de felicidad. Razón por la que fracasa en su plan de suicidio y gracias a este fracaso conoce la felicidad.

Imaginemos ahora esta situación: Una mujer que desconoce de su deficiencia cardíaca, ha decidido comenzar a consumir cocaína. Fracasa en su empresa cuando sorprende al vendedor; del que se enamora, apuntándose con un arma, razón por la que decide estar lúcida para no enturbiar la embriaguez del amor con los estímulos artificiales de la droga, y así es como evita su muerte y se conoce con el hombre del párrafo anterior con el que ahora tienen en común un fracaso que los llenó de felicidad. 

Esta última historia no está tan lograda como la del tango Desencuentro, pero eso no se debe al tema de la historia sino a como fue tratado. En definitiva a mi propia incapacidad, que tal como prometí al principio de este monólogo, me invita a fracasar constantemente.


viernes, 12 de agosto de 2016

Sobre los complacientes



Los hombres y mujeres complacientes tienen, ante todo, la capacidad de mutar, o al menos simular con cierta efectividad ser aquello que tendrían que ser para complacer al otro.

La palabra etcétera, los comodines y los silencios en la conversación o la música, son solo algunos de los muchísimos elementos al servicio de la complacencia. A cada uno de estos elementos se le otorga diferentes valores según la necesidad y esto supone que su esencia se compone de una multiplicidad de esencias. Lo mismo podríamos pensar de los complacientes, sin embargo, es más fácil admitir que en vez de multiplicidad de esencias son propietarios de una esencia acomodaticia. La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿Si la esencia es variable, podemos llamarla esencia?
 
Recuerdo las afables y casi surrealistas conversaciones que solía tener con el padre de una ex novia con el que pretendíamos entablar una amistad y para lograr el cometido asentíamos todo lo planteado por el otro. Así ambos admitimos ser comunistas y capitalistas, devotos creyentes y ateos. De este modo intentamos desafiar las enseñanzas de Aristóteles que en el libro quinto de la metafísica tan laboriosamente explica Lo opuesto y lo contrario. La amistad no se dio, pero al menos nos demostramos que la intención de tener una relación amena, era tan importante para ambos, que estábamos dispuestos inclusive a falsear la razón.

Las hojas en blanco también se subyugan a diversas posibilidades, en estas se pueden escribir la biblia, los diálogos de Platón, un mensaje que colgado en la puerta de una carnicería diga: VUELVO EN 15 MINUTOS o pueden también gobernar momentáneamente los aires en forma de avión de papel. Similar es el caso de los cheques que tendrán el valor que el emisor decida, (al menos hasta que el cobrador corrobore el estado de la cuenta del girador). Por supuesto también salvando la diferencia con la hoja de papel, de que el cheque raramente se utiliza con fines lúdicos y si se convierte en avión o cualquier otra producción origámica es, o bien porque efectivamente el cheque no tenía fondo, o porque el portador es un excéntrico.

Son muchas las entidades que están sometidas a constantes mutaciones o variaciones de forma impuestas por poderosas leyes que parecen inmutables, así como en la corriente del río, el agua toma la forma que sugiere el accidentado cause, los hombres tal vez llamemos complacencia al acto de amoldarnos a entornos más rígidos. En la Biblia, más estrictamente en Éxodo 3:14 dios le dice a Moisés: Yo soy el que soy. En términos aristotélicos dios está diciendo yo soy acto y no potencia, soy el que soy. Mientras tanto los hombres no contamos con esa dicha, estamos cambiando como el río.   El Tao te ching dice más o menos:

La persona sabia vive como el agua. El agua sirve a todos los seres y no exige nada para sí. El agua permanece más bajo que todos. Y en esto es parecida a Tao.